Nuestros días turísticos todavía continúan en Pekín, ya sin tener que alejarnos demasiado de la urbe. El domingo pasamos un día maravilloso en el Palacio de Verano, ubicado en nuestro distrito.

Este palacio, formado por varios edificios e increíbles jardines, fue construido en 1750 por el Emperador Qianlong. Pero su uso más notable, el que le dio ese nombre, fue dado por la Emperatriz Cixi, aquella que aparecía al principio de la oscarizada película “El Último Emperador”. La Emperatriz empleaba el edificio que se ve a nuestras espaldas en la foto anterior, como despacho para recibir los dignatarios extranjeros durante la época de mayor calor.
Y es que el Palacio de Verano es una perfecta composición de naturaleza y arte en Arquitectura. No nos extraña nada que apenas pudiera, la corte se desplazara a este lugar.


Aquí todo está cuidado hasta el más mínimo detalle, incluido las figuras que ornamentan los tejados.

Pero la mayor obra de Ingeniería fue precisamente crear un lago artificial que sirviera para refrescar todo el conjunto.

El problema era que la Emperatriz, a pesar de gustarle muchísimo los barcos, tenía muchísimo miedo de naufragar. ¿La solución? Aquí mismo:

¡Efectivamente! Un barco de mármol, así la Emperatriz podía tener la sensación de navegar pero con toda la seguridad del mundo.
Por otro lado, el Palacio de Verano alberga “El Gran Corredor”. Se trata de un pasillo techado de más de 750 metros de longitud, el más largo del mundo. Está decorado por fuera y por dentro, no repitiéndose ninguno de los dibujos.

Como hace 19 años tenía una foto en este mismo pasillo, decidí hacerme una parecida para comparar:


¡Cómo pasa el tiempo! Tanto un servidor como mis pantalones han crecido con el tiempo
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En el Palacio se respiraba ambiente festivo y eran numerosas las actuaciones en vivo con músicas y danzas tradicionales.

Pero como no todo iba a ser vida contemplativa, decidimos alquilar un barco a pedales y recorrer el lago.

¡Fue toda una experiencia! Ya no solo quemamos las grasas acumuladas durante todas las comidas oficiales, sino que disfrutamos de unas vistas imponentes.

Y para celebrar nuestra proeza, el Profesor Yifa Tang nos invitó a cenar
.

Aquí fue la primera vez que Laura probó la medusa. Entre otras delicias, probamos el tofu de la provincia del Profesor Yifa Tang, que es especialmente picante.
Y el lunes, nos fuimos al mismísimo kilómetro cero de Pekín, La Ciudad Prohibida.

El acceso más conocido está ubicado en la plaza de Tian’anmen, en la cual se habían instalado unas pantallas enormes con publicidad de las fuerzas armadas.

En los últimos años, también han crecido aquí unos árboles de una especie bastante particular:

Jianfei fue un guía excelente y allá donde no recordaba detalles del recinto donde los Emperadores hacían casi toda su vida, él nos suministraba información muy valiosa.

Por ejemplo, los pórticos tienen filas de 9 esferas incrustadas…

… siendo el número 9 símbolo del poder del Emperador.
Los “perros pekineses” que adornan las entradas de los edificios más emblemáticos son leones que representan a la pareja real. Así como el del Emperador tiene una pata sobre el orbe del poder:

El de la Emperatriz posa la suya sobre una cría, símbolo de la descendencia:

El camino central era el destinado para el Emperador, manteniendo siempre una simetría entre ambos lados de los recintos por donde transcurría.

Además, dicho camino es hueco, para que los pasos del Emperador suenen bien firmes.
Él es el dueño del tiempo también, representado en un reloj solar que ahora tiene poca utilidad debido a la nube de contaminación.

O tempora o mores…
Como la estructura era de madera (y muy elaborada), era necesario tener algún sistema anti-incendios. Por ello se instalaron unas ollas (parecidas a las que salían al principio de la mítica serie Kung-Fu con David Carradine) que se mantenían llenas de agua.

En invierno, para evitar que se congelara, se encendían hogueras debajo de las ollas.
Ya en los jardines, decidimos posar como una pareja más en busca de la felicidad eterna, frente a los dos cipreses entrelazados.

En todas las imágenes de boda que se conservan de las dinastías chinas aparece siempre este lugar, ya que estos cipreses simbolizan el “Amor fiel, aquel que convierte dos líneas en una sola”.
Pero después de una caminata tan larga como la que nos marcamos hoy, ¡había que reponer energías! Así que nos dirigimos a uno de los restaurantes más emblemáticos, el Quanjude. Allí disfrutamos del auténtico pato a la pekinesa.

Y para rematar el día, nos fuimos de compras a la calle de al lado, modernizada en los últimos años. Ahora toda esta zona se ha convertido en una auténtica “Las Rozas Village” china.

Tanto Laura como yo compramos un par de caprichos. Por su parte, el vestido tradicional chino. Por la mía, la chaqueta tradicional empleada en el entorno académico hace años (en la que se inspiraron los japoneses para sus uniformes escolares).
Y mañana… último día en Pekín. Y éste va a ser por todo lo alto, científicamente hablando. Para empezar, impartiré una charla en el Centro de Supercomputación de la Academía China de las Ciencias. Después de la comida, visitaré nuevamente la Universidad de Tsinghua (la más importante de China), pues quieren reunirse conmigo para iniciar posibles colaboraciones.