Antes de nada… ¡Olé por la Selección Española!
Hoy he querido centrarme en la principal actividad de Trondheim: el mar. Y es que esta ciudad, antes de que las nuevas tecnologías irrumpieran de la mano de la NTNU, esta ciudad era ya un referente a lo que las industrias naviera y pesquera se refiere. Por esta razón, me acerqué esta mañana al Museo Marítimo pero llegué a sus puertas una hora antes de la apertura. Con el objetivo de hacer más llevadera la espera, decidí visitar mientras tanto otros puntos de referencia de la historia naval de Trondheim.
Mi primera parada fue la lonja, donde los pescadores negocian precios de su captura con los mayoristas.

La estatua que veis en la foto tiene por nombre “El Último Vikingo”, en referencia a los orígenes de la tradición pesquera antes de la conversión al cristianismo.
A continuación me dirigí a la zona portuaria de Trondheim…

… donde me topé con lo que parecía ser el combustible para los más modernos Drakkar
.

Estar en el puerto de Trondheim un sábado por la mañana es como los primeros 15 minutos de cualquier película de zombis. ¡No hay nadie en varios kilómetros a la redonda! Si sumamos a este hecho el poder “rondar impunemente” por las instalaciones, la sensación se ve amplificada.
Lo de varios kilómetros a la redonda no es una exageración. Como se puede deducir lo explicado antes, el puerto es uno de los pilares de la economía local. Por eso no es extraño que los consulados estén mayormente ubicados aquí, como es el caso de Holanda, recordando las antiguas rutas comerciales:

No tardé en llegar a mi destino: Dora 1, la antigua base alemana de submarinos.

Como ya conté en otra entrega de esta crónica, el Ayuntamiento de Trondheim decidió no volar las instalaciones debido a que el explosivo necesario afectaría al resto de la ciudad. A la hora de acondicionar el edificio para nuevos usos, se vio que el abrir agujeros en sus paredes iba a ser una tarea ardua. Por esa razón, se optó por añadir un módulo por encima (el azul de la foto) y así aprovechar al máximo el espacio.
Además de alguna oficina de la NTNU, una bolera (curioso destino), el Dora 1 alberga el archivo de la ciudad que desgraciadamente hoy estaba cerrado.

Hay que reconocer que la combinación entre la administrativa del archivo con ese tipo de medias y el amago de bandera alemana del fondo queda de un “Portero de Noche” sobrecogedor.
Di una vuelta alrededor del edificio con el fin de ver el acceso de los submarinos. En el camino me topé con un aviso de la época, precursor de la actual ley antitabaco
:

Interesante el hecho que esté escrito en alemán y noruego.
Y por fin pude observar el acceso de los submarinos, dispuesto de tal forma que no necesitaban emerger si fuera necesario.

Para hacerse una idea de la altura a la que un submarino alemán emergido podía tener, han colocado la torre del U-S300, que sirvió en estas aguas, en uno de los pilares.

Cuando estaba en el punto en el que saqué esta última foto… ¡misteriosamente comenzó a caer agua nieve! Fue una sensación curiosa, como de vuelta a 67 años atrás y ponerse en la piel de uno de los marineros que aprovecha las reparaciones de su submarino para mirar el paisaje con cierta melancolía y escribir seguramente alguna carta a su casa.
Volví sobre mis pasos, pues ya era la hora de ir al Museo Marítimo. El tiempo mejoró considerablemente.

Éste está ubicado al lado del monumento a los marinos de Trondheim que dieron su vida en la Segunda Guerra Mundial.

Y dentro había de todo. Desde los primeros panfletos para los cruceros que visitaban los fiordos (no hemos inventado nada)…

… hasta un registro minucioso de todas las tripulaciones de los grandes barcos que tenían Trondheim como base (obsérvese la forma de escribir el nombre de la ciudad en la segunda)…


… pasando por el botiquín de la época, todo muy bien ordenado y especificado en la lista que lo acompaña…

… y los instrumentos de navegación, con su foto de rigor:

Como “Bonus Track” de esta mañana, descubrí que Trondheim tenía rutas comerciales estables con España, tal y como se deja constancia en esta maqueta:

Eso sí… ¡a saber lo que tardaba el bacalao en llegar al Mercamadrid!