El vestíbulo de entrada de la estación estaba destruido casi totalmente. La mitad del techo se había venido abajo, y a través del boquete se alcanzaba a ver un cielo estival de color azul oscuro. Como no había nubes de polvo radiactivo que lo empañaran, relucían miríadas de estrellas. ¿Pero qué puede significar un cielo estrellado para un niño incapaz de imaginarse lo que es no tener nada sobre la cabeza? Levantar la cabeza y no encontrarse con una bóveda de hormigón, ni con un mohoso laberinto de cables y tubos, sino con un abismo de color azul oscuro, que de repente se abre ante tus ojos… ¿Qué sentimiento les podía inspirar? ¡Y las estrellas! ¿Acaso el hombre que no ha visto nunca las estrellas puede llegar a concebir lo que es el infinito? Es probable que el concepto de infinito naciera una noche bajo la impresión de la bóveda celeste. Millones de fuegos refulgentes, de clavos de plata en una cúpula de terciopelo azul…

Este pasaje fue el que me vino a la cabeza cuando esta mañana nos adentramos en las tripas del Metro de Moscú. Algunos reconocerán de donde sale… efectivamente, se trata de el libro “Metro 2033″ de Dmitri Glujovski, que podéis leer gratis y online aquí. La acción transcurre en un Moscú devastado por una guerra nuclear, en el que la Humanidad superviviente está compuesta por aquellos afortunados que se encontraban en el instante fatídico en algún punto de la vasta red de túneles de Metro (de ahí el nombre). La vida humana es imposible en el exterior sin una protección contra la radiación y un armamento contra las criaturas mutadas. Por si fuera poco, los recursos obtenibles en el radio de acción de los accesos al metro han ido paulatinamente desapareciendo. Por lo tanto, el nuevo lugar de la Humanidad se encuentra en el subsuelo, donde cada estación habitada se ha constituido como una unidad semejante a las polis griegas, sobreviviendo gracias al cultivo de una variedad de hongos, la caza menor y el comercio con otras estaciones, estableciendo alianzas que abarcan líneas enteras.

Grandioso es un adjetivo que se queda corto para definir el Metro. Cada estación es todo un mundo con una decoración casi exclusiva. Se podría decir que ante el problema de que los nombres de las estaciones están solo escritas en la pared opuesta al andén (y por tanto casi imposibles de ver desde el vagón), los moscovitas se guían por los ornamentos de la estación, además de por la megafonía.

En la foto anterior estoy en Prospekt Mira, en el andén correspondiente a “La Hansa”… esto, la línea de circunvalación
.
Al igual que en la previsión post-apocalíptica del libro de Dmitri Glujovski, el Metro de Moscú es ya una pequeña ciudad. Por ejemplo, cada estación cuenta con innumerables kioskos en los que se dan todo tipo de oficios.

Y por supuesto, aquí se puede conseguir cualquier periódico imaginable en las máquinas expendedoras que aparecen en esta foto:

Los letreros están escritos en cirílico, con lo que hay que usar ciertas referencias para orientarnos. El tráfico de personas es inmenso, pero a pesar de haber hecho un recorrido de algo más de 40 minutos, no se nos volvió agobiante. Veremos qué ocurre el resto de los días y a diferentes horas.
Tras un solo transbordo y antes de lo que esperábamos, llegamos a nuestro destino. Está claro que la sede del IKI está en esta estación (Kaluzhskaya), basta ver las decoraciones de la pared:

IKI, ¡allá vamos!


































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