¡Lluviosos días a todos!
“¿Que está lloviendo? Pues entonces visita la Catedral, las joyas de la corona y el museo militar”, así me dijeron y así lo hice esta mañana. La verdad es que ha sido un buen consejo porque se me ha pasado volando y he aprendido bastante. Efectivamente, la iluminación conferida por la lluvia dota a todo el entorno de la Catedral y el Palacio del Arzobispo de una aureola de magia adicional a la que cualquier edificio histórico de Trondheim ya tiene de por sí.
Nada más llegar, me dirigí a la oficina de turismo para comprar mi entrada por 100 Coronas (12,69 Euros) válida para todo el recinto.
La Catedral es impresionante, pero más impresionante es la Historia que rodea a su construcción. Básicamente, el inspirador fue el Rey Olaf II conocido como “El Santo”. Vikingo convertido al cristianismo, emprendió una cruzada por Noruega para la total conversión. Fue muerto en Stiklestad, como resultado de una traición parecida a la que dio lugar a la batalla del Río Guadalete. Si en vida no consiguió su objetivo, fue a su muerte, cuando su cadáver fue descubierto incorrupto tras varios años, que el cristianismo se difundió por toda la nación. En su honor se construyó la Catedral, que se convirtió en un lugar de peregrinación con tanta afluencia como el propio Camino de Santiago.
El interior es sencillamente sobrecogedor. La iluminación otorgada por las vidrieras y el rosetón invita al recogimiento y la meditación. Las talla que decora el altar, ubicado en el medio de la nave, es sublime.
A continuación, me dirigí al Palacio del Arzobispo con el objetivo de ver las Joyas de la Corona. Antiguamente, todos los reyes eran coronados en la Catedral. Tras la constitución de 1908, el acto de coronación en sí desapareció, puesto que se contradecía con el principio de igualdad de los ciudadanos, quedando la ceremonia en una bendición aunque sin perder su encanto.
Como no se podían realizar fotos, me temo que tendréis que contentaros con las del enlace que he puesto antes. Eso sí, tanto las joyas como la atmósfera que han recreado a su alrededor son de fábula nórdica.
La siguiente parada fue el museo de oficios, puesto que el Palacio del Arzobispo aglutinaba artesanos de nobles artes como la sastrería, zapatería, armamento, moneda y timbre… Aquí me resultó curiosa la variedad de estandartes, signo de que éste era un lugar de encuentro de numerosos señores feudales.
El broche lo puso el museo del ejército noruego, con una colección muy completa. Desde cuando los noruegos “tenían cuernos”
…
… hasta que ingresaron en la ONU (aprovecho para mandar un cariñoso saludo a “mi Tío” Kristian, que tantos años ha servido con esa boina azul, llevando la enseña noruega a lugares remotos como Iraq o Bosnia)…
… pasando por la creación de su primera brigada “alpina” (con sus esquís al más puro estilo Madelman).
Por supuesto, la Segunda Guerra Mundial no fue una excepción en este museo, pensando en que estamos en Trondheim. Las defensas costeras hicieron que la toma de la ciudad por parte de Alemania fuera una victoria pírrica. Una vez rebasadas, a fin de que la población civil no sufriera las consecuencias de una guerra total, la ciudad se entregó sin mayor resistencia. Pero claro, todo era una cuestión de tiempo
…
Alemania vio una oportunidad de oro en Trondheim y dedicó muchos esfuerzos a la integración de Noruega en su proyecto.
Hasta el punto que construyó el famoso Dora I, base indestructible de submarinos. Tan indestructible que al finalizar la guerra, se decidió no tirarla abajo pues el resto de la ciudad podría verse dañada por la onda expansiva del explosivo necesario. Otra ventaja de esta base es que los submarinos no tenían que emerger para entrar, con lo que se evitaban posibles acciones de espionaje.
Sí, lo que hay a la derecha es una Máquina Enigma, uno de mis dispositivos de criptografía favoritos
.
Pero como decía, la resistencia no se hizo esperar. En Inglaterra e Islandia se comenzaron a entrenar tropas para que actuaran como comandos y realizaran acciones de sabotaje. En particular, existió un destacamento clasificado como “independiente” ya que al ser desplegado, perdía cualquier contacto con el centro de operaciones. Dicho destacamento, que recibió el nombre de “Kompani Lingen” hizo mucho daño a las fuerzas de ocupación con sus misiones de sabotaje.
Podrían ser perfectamente los “Malditos Bastardos” Noruegos pero cambiando a Teniente Aldo Raine por el Capitán Martin Linge (que antes de la contienda era… ¡actor!), ¿no creéis?
Finalmente, no quise abandonar el lugar sin pasarme por la sala de banderas donde se rinde homenaje a todos los caídos durante la guerra. Aproveché para dejar un mensaje de agradecimiento por el sacrificio realizado por la libertad.



















